El amor no desciende
Fue el 26 de Junio de 2011. El día más gris del año, para la mitad del país. Entre llantos, lágrimas, preguntas sin respuestas, maderas que volaban y gases lacrimógenos, estaban 11, ante todo, personas, adentro del campo de juego, con el corazón roto, cansados de correr, y sin entender nada de lo que había pasado. ¿Qué había pasado? Algunos (un tanto cínicos) festejaban por mi barrio. Otros, con la esperanza ya por el suelo, lloraban sin parar. Los más chiquitos, que veían a sus papás o mamás llorar, preguntaban porqué. Y cuando les contaban, ellos respondían: “Pero… es sólo fútbol”. ¿Es solo fútbol? ¿No es también ese momento donde te alejás del mundo aunque sea por 90 míseros minutos, y solamente pensás en algo que “te alegra”? ¿No es también esa sensación de haber perdido un amigo, aunque sabés que nunca lo vas a perder? ¿No es también esa impotencia por saber que estaban rompiendo nuestra casa; nuestro templo?
En ese día triste, esa cancha que nos dio tantas alegrías, que vio como jugaban Enzo Francescoli y el Beto Alonso, que vio atajar a Amadeo Carrizo y a Fillol, que vio como Daniel Passarella dejaba la vida por esta camiseta, que vio jugar a la dupla Aimar-Saviola, lloró con nosotros. El Monumental se vistió de luto esa tarde donde el invierno empezaba a asomar. Y entre el llanto de los pibes que, pese a su esfuerzo, no pudieron sacar a River adelante, el de aquel arquero, que a pesar de ser el mejor arquero de la Argentina, no pudo evitar tener sus errores (porque errar es humano, y Juan Pablo, es humano), el de nuestro actual técnico, quién era el capitán en esos tiempos, y no pudo evitar romper en llanto, y también entre las caras de desilusión de aquellos defensores que no pudieron parar a aquel “picante” jugador, y la de aquel delantero que había errado un penal, la tarde se cerró con el clima más negro que había vivido River en toda su historia.
Mientras afuera, algunos “hinchas” hacían destrozos, otros, llorabamos desconsoladamente y no podíamos evitar criticar a aquellos presidentes pasados del club, que no merecen la pena ser nombrados, pero que tienen, bajo mi criterio, la absoluta culpa de nuestra actual situación.
Ninguno, ni el más pesimista de los hinchas, pensó ver a River en esta circunstancia, pero las cosas se fueron dando de tal forma, que después del primer partido de la promoción se sabía como terminaba esto. Por eso el titular del diario del lunes podría haber sido tranquilamente: “River; crónica de un final anunciado”.
Pero dentro del corazón de cada hincha, que hoy ya se va haciendo la paupérrima idea de tener que ver a River en la B, el amor no descendió. Por que el día de la tragedia, todos salimos a la calle, orgullosos de ser de River, más que antes, más que nunca. ¿Quién te quita lo ‘ganado’? ¿Quién te quita las 33 copas, los tres tri-campeonatos, las copas internacionales? Y también orgullosos estamos de nuestros ídolos, que vuelven para ayudarnos en este momento, y que no dudan ni un segundo de su amor a la camiseta.
Y sin dudas, lo vamos a estar, el día que River juegue por primera vez en su historia en la B nacional, y volvamos a llenar ese estadio gigante que es nuestra casa. Porque la gente de River jamás lo va a abandonar. Ninguno de nosotros, los hinchas, nos podemos imaginar la vida sin pisar esa cancha, y menos que menos, imaginarnos la vida sin la banda.
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